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Terra
La Coctelera

Categoría: Lecturas

Leo, me aburro, fumo, y leo sobre el humo.

No paro de fumar. Desde que estoy en paro. No paro. De fumar, digo. En pleno ataque de tos, enciendo el último cigarro de mi paquete de Camel, y abro por segunda vez "Featherstone" de Kirsty Gunn, pero al cabo de veinte páginas durante las cuales una mujer limpia las colillas de los ceniceros del bar en el que trabaja, tengo que admitir que me aburre soberanamente. Cuando en la contraportada hablaban de los pequeños detalles de la vida cotidiana, no pensaba que se refirieran a esto. El siguiente personaje es una jovencita que quiere ser modelo. Cierro el libro y me pongo de mal humor. Bajo al restaurante turco de abajo a comprar más tabaco. Subo. Buceo por la estantería y elijo una edición preciosa del libro de J.M.Barrie, "Lady Nicotina". Se trata de una narración absolutamente irónica, elegante y divertidísima sobre las grandes ventajas de dejar de fumar, y la vida sana en matrimonio.

Transcribo:

"(...) A juzgar por mi experiencia, debo decir que lo que convierte a muchos solteros en fumadores empedernidos se debe más a la falta de reflexión que al egoísmo. En cuanto un hombre se casa, sus ojos se abren a innumerables comportamientos que antes ignoraba, entre ellos, el placer de adornar la salita con una nueva pieza de mobiliario cada mes y el de poseer un dormitorio en rosa y oro cuya puerta permanece simepre cerrada. SI los hombres se pararan a pensar que cada puro que se fuman podría comprar parte de un taburete forrado color terracota para el piano, y que por cada lata de tabaco consumida se va un jarrón para cultivar geranios muertos, a buen seguro vacilarían. Sin embargo, no se paran a pensarlo hasta que se casan, y luego, no tienen más remedio (...)"

"(...) En cuanto al puro de después de la cena sólo sirve para hacer de ti un ser aburrido y somnoliento, poco predispuesto a participar en las actividades de las damas. Una manera mucho más agradable de disfrutar de la velada es pasar directamente de la mesa a la salita a escuchar un poco de música. Escuchar a la sobrina de tu esposa cantar Oh, cuando tú y yo nos arrullábamos relaja la mente. Incluso si no tienes oído para la música, como es mi caso, son innumerables los aspectos de la salita que producen sosiego. Están los abanicos japoneses, bellos objetos donde los haya (...)"

"(...) Si estuviera en mi mano promulgar las leyes, prohibiría que la gente fumara en la calle. SI son hombres casados se están fumando las pantallas de las chimeneas de las salitas y los tapetes para las repisas de los hogares de las habitaciones rosa y oro. Si son solteros, es un escándalo que se queden siempre con lo mejor de todo."

"

Magnus Mills

El otro día leí que a Ian MacEwan le ha aparecido de pronto, a los 59 años de edad si no calculo mal, un hermano mayor. La historia, que es lo de menos aquí, es algo así como que sus padres se acostaron antes de lo que debían según la época, ella se quedó embarazada, y como llegaba la II Guerra Mundial, dieron al bebé en adopción, no vaya a ser que él, al volver de la guerra, quedara ante el mundo como un cornudo. Típica historia de entonces. Después, ya casados, tuvieron a Ian, pero no dijeron nunca nada sobre el bebé anterior. A nadie. Menos ella, la madre de las dos criaturas: la regalada y la aceptada, que se lo contó todo a su hermana.

El susodicho niño ahora es un hombre rozando los setenta, que se encuentra, tras investigar un poco, con un hermano escritor, y además aclamado. Y se lee todos los libros del hermano. Y le gustan. Pero llega a la conclusión de que él va a escribir su propia historia.

El caso es que, no recuerdo muy bien cuál es la profesión de éste hombre, pero todo esto viene a colación, porque mi cabeza se ha inventado que es algo así como minero. Y me pregunto cómo será su libro. Ahora que, con setenta y tantos, descubre a un hermano superpijo, super establishment, y super aceptado. Y escribe un libro. Y me acuerdo de Magnus Mills. Un conductor de autobús de una ciudad de Inglaterra que se convirtió en un bombazo literario al escribir su vida en el curro. Y me leí aquel bombazo. Y me gustó. De hecho me encantó. Me gustó tanto que siguió escribiendo y yo seguí comprándome sus libros. Y tiene uno maravilloso: "Tres van a ver al rey ". O bueno, dos: "El entierro de las bestias ".

Y el caso es que hoy, cuando leí en nosédónde que Ian McEwan había publicado nuevo libro y que las críticas le ponían por las nubes, me metí en Amazon para comprármelo. Y ya que hago un pedido, aprovecho y pido varios. Entonces pedí varios. (Al que le interese, le paso la lista). Y cuando no sabía ya que pedir pero estaba distraída mirando, me acordé de Magnus Mills, y pensé: "¿qué habrá publicado últimamente?" Entonces lo busqué, y el último libro , del que no había oído hablar porque hace tiempo que le perdí la pista, viene recomendado por Pynchon. Y me he quedado flipada. Y me lo he comprado, claro.

Esto es lo que dice:

Reviews
Independent
‘To write one unique book is a rare achievement. The ability to produce several is truly special’

Thomas Pynchon
‘A demented, deadpan comic wonder’

¿No es genial?

Yo quiero saber quién es Thomas Pynchon

Y recomiendo fervientemente esos dos libros de Magnus Mills.

Error de lectura

A veces una se entusiasma demasiado, y, como decían las monjas, después llegan las decepciones. Y esto es lo que me ha ocurrido con el libro anterior. Al llegar a la mitad, tirada en el sofá, no podía controlar la huída de mis ojos hacia una lectura nueva, más entretenida, más eficaz. Porque hay tantos libros apetecibles y una sola a leer... y porque de pronto, el único personaje que me interesaba, y no diré cuál para no desvelar nada a quien pase por aquí y quiera leerlo, desaparece. Y aunque hay párrafos fantásticos y el texto está lleno de buenas ideas que se quedan en intenciones nada más, he optado por terminarlo a toda prisa, saltando párrafos y algunas páginas, para terminar en esta preciosa edición que me han enviado los de Siruela. Son cuentos sobre el fascinante tema de tener un doble, escritos por autores tan distintos como E.T.A. Hoffman, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Stevenson, César Vallejo H.G.Wells, del que, por cierto, me leí hace poco esta recopilación de relatos increíbles (foto), también en una preciosa edición.

Vuelvo a insistir en el tema del libro anterior, Otra noche de mierda en esta puta ciudad, porque recuerdo que hubo una serie de párrafos que me gustaron mucho, en los que se describía a los huéspedes de la residencia para indigentes, para poner al lector en situación. Así que quiero comprobar si es que de verdad son buenos esos párrafos, o es que sólo me dio el subidón porque estaba fumada.

Transcribo:

“Casi todos han combatido en una u otra guerra – Vietnam, sobre todo-, en algunos casos es cierto pero los había que sólo lo creen. Muchos han estado casados, otros han estado en la cárcel. Uno habla por un agujero que tiene en la garganta. Algunos son ciegos, hay muchos que están sordos por completo o les falta poco. Los heroinómanos tienen los brazos llenos de llagas incurables. Deben tratárselas diariamente con una mecha de algodón, para drenar el pus, pero la mayoría de las veces se les olvida hacerlo. Los epilépticos han de recibir su medicación o tienen ataques; si beben después de tomar los medicamentos, los accesos son aún peores. Hay huéspedes que entran por la puerta cojeando y con bastón, con andador, con muletas, en silla de ruedas, caminando penosamente. Algunos no entran solos, los llevan a cuestas dos amigos, con los pies a rastras. Otro tiene un ojo de cristal que va dejando olvidado por todas partes. Y otro tiene un tatuaje dentro del labio inferior: MIERDA. Unos cuantos llevan lágrimas tatuadas en las mejillas, lo que significa que han matado a alguien. Otros tienen cicatrices desde la comisura de la boca hasta las orejas, lo que indica que son soplones. En muchas manos faltan dedos, o la mitad de los dedos, arrancados por maquinaria pesada o cercenados por navajas. Hay orejas sin lóbulo, roído por las ratas. A un tío le prendieron fuego; ahora las cicatrices parecen llamas alzándose en su cuello. Entre los más viejos hay unos cuantos herniados; el estómago se les ha derrumbado sobre los testículos, que ahora les cuelgan enormemente entre las piernas. Kenny tiene la misma tos desde hace cinco años, de manera que no puede dormir arriba. (...)”

Después hay una frase que me encanta, una escena que me parece gloriosa. El narrador, Nick Flynn (sí, ese es el nombre del autor) cuenta que tiene una abuela que es un desastre, todo el día bebiendo:

“Mi hermano recuerda que unas navidades, época especialmente melancólica para ella, le puso las manos en torno al cuello y murmuró: Angelito mío, qué fácil sería matarte.“

¿No es ideal?

Lecturas

Hacía tiempo que no me entusiasmaba tanto un libro, y mira que el título me echaba para atrás, porque me sonaba a Bukowski o a gancho comercial. Anoche lo dejé en la página 66 para sacar a la perra, y me descubrí paseando por el barrio, absorta en su atmósfera recién estrenada. Me fui a cenar a un restaurante que sabía que iba a estar vacío, y allí me encontré con unas páginas tan potentes que me daban ganas de parar, de no seguir, de esperar una ocasión mejor, no sé cuál pero mejor, para no malgastar una sola palabra, para que no se terminaran las líneas, para que se me quedaran grabadas y así se convirtieran en mías. Para que no terminaran difuminadas dentro de ese saco rancio y apestoso que todo lo deforma y elimina y que es mi memoria. Y entonces me acordé de cuando era pequeña y memoricé las dos primeras páginas de Historia de dos ciudades para encerrarme en mi cuarto a jugar a escribirlas como si las estuviera inventando yo. Así que de pequeña fui Paul Auster, Dickens, Léon Bloy y Chejov.