Feria del Libro de Guadalajara, México. 2006.
Stan de Planeta.

Pedro, estamos en la feria del libro más importante que hay en lengua castellana, no sé si eres habitual, pero ¿qué sentido tiene una feria?

Cada vez me impresiona más la feria. Tengo doce años viniendo a la feria y es una rara mezcla entre la feria de profesionales, que también en ese sentido ha crecido mucho, quizá la de derechos es todavía la más incipiente, con una feria de público maravillosa, donde hay públicos para todo, lo mismo en un foro muy reducido y aparentemente académico a las siete de la noche tienes 50 gentes, que 500 en las presentaciones de los libros. Eso hace, no sólo para México, sino en general para el mundo del libro, que la feria de Guadalajara ya se ha convertido en un espacio privilegiado de comunicación con los lectores.

El escritor además de hacer buenos libros, de alguna manera tiene que saber colocarlos, si no él, la editorial. Difundirlos, y esto es un trabajo que no os corresponde a vosotros pero que también puede ayudar en ciertas ferias, acudiendo a debates y charlas.

Debía ser un buen comunicador, yo creo, así como lo es por escrito, debía ser un buen comunicador oral. Hay muchos libros, hay demasiados libros como para que el escritor no haga un esfuerzo suplementario al proceso mismo de escritura para, como decias tú, colocar, hablar del libro, hacerlo cercano al lector potencial, y la feria, pero también estas cosas que ha venido a sustituir a la tradición vieja de las presentaciones de libros que se han convertido, a efectos puramente sociales, que son las giras a las ciudades, con la gente, con el lector real. Yo creo que mientras más esfuerzo haga el escritor en paises sobre todo como México, donde tirajes tan menores como 2.000 ó 5.000 ejemplares, siguien siendo muy menores para cien millones de habitantes, este esfuerzo suplementario termina siendo más bien esencial y sustantivo.

Hay una riquísima tradición editorial en México desde hace mucho tiempo, y muy relacionada con España, y sin embargo no hay tanta relación real entre los escritores de allí y de acá, no? Todavía falta ese contacto más cercano.

Sí, creo que no es sólo mío, en toda mi generación latinoamercana, este fenómeno también repercute hacia las dos orillas pero también repercute en el interior de América Latina. Hace mucho tiempo que no lee un mexicano lo que hace un peruano, o un peruano lo que hace un argentino, y esto era lo que enriquecía la literatura iberoamericana de los años 70, 80. Yo, en ningún momento como lector, me preguntaba si Luis Martín Santos era de allí o de aquí. Qué puedo decirle yo, o Señas de identidad de Goytisolo, formaba parte de un canon iberoamericano que uno no cuestionaba. Lo mismo que estaba leyendo a Demetrio Aguilera Malta o a un escritor argentino que producía, o a José Donoso.

Has presentado en la feria una novela que esperamos pronto en España, Zapata. Has novelado Zapata, que historiado ya lo estaba, muchísimo.

Sí, por un lado siempre he sentido, como decía Tolstoi, el novelista es el juez de instrucción del alma humana. El novelista sí puede acercarse a las reacciones atrás de las reacciones. Sí puede llegar a comprender las motivaciones de una figura o de una persona. A mí me interesaba quitarle esta parte de héroe de bronce de pátina del tiempo, que tiene un efecto secundario terrible, con respecto a una figura como Zapata. La deja de hacer peligrosa. Entonces el novelista vuelve a poner, y esa era mi intención, vuelve a poner a Zapata en el territorio, sí de la ficción, pero en el territorio donde vuelve a tener peligro. Vuelve a ser importante preguntarse las cosas que se preguntaba Zapata hace un siglo.

Es un personaje lleno de claroscuros.

Es un personaje que por un lado es desvelado totalmente en su parte personal con todas sus ambigüedades, con todas sus contradicciones, pero eso eleva a mi modo de entender, la profunda coherencia política de Zapata. Zapata es una rara figura de Hispanoamérica porque nunca vende su lucha, nunca la enajena, nunca la cambia. Dice varias veces a lo largo de esos nueve años de lucha, que no se le puede quitar una sola coma al plan de Ayala, que es el plan de reparto agrario con el que inicia en 1909 y con el que a finales del 19 es asesinado. Dice incluso en el algún momento: “Yo no creo en esas revoluciones a medias que pueden tranzar con el poder”. O se lleva a las últimas consecuencias la lucha y se consiguen los últimos objetivos de la lucha, o la revolución no tiene sentido. Él mismo como figura revolucionaria es muy extraño para ese México en donde todos terminan capitulando o uniéndose a una causa que no es la propia, vendiendo la bandera, y la de Zapata, que es la defensa de la propiedad original indígena de la tierra, es de una claridad meridiana, de principio a final de la lucha, y nunca está puesta en tela de juicio.

Y luego está el Zapata humano.

Claro, el Zapata humano, el Zapata que se acerca de una manera ambigua al poder, a las mujeres, a los periodistas, a todo lo urbano, que le es muy ajeno. Ese Zapata mucho más complejo, no sólo en sus ambigüedades, porque a lo mejor la palabra “ambigüo” tiene mala prensa, sino en sus contradicciones humanas, la que en todo caso puede permitirte acercarte verdaderamente a él y bajarlo del pedestal, bajarlo de la estatua ecuestre, de la figura plana de la Historia.

Ahora hay una corriente de libros que tratan de novelar la historia, hacen una mirada histórica desde la novela, ¿estás ahí en esa corriente?

Sí, siempre y cuando valga más la novela que el subgénero histórico. Detesto y me preocupa mucho también en la corriente que has descrito, estas falsedades ya casi de fórmula, de la novela histórica. El joven historiador que se encuentra con el manuscrito perdido y por fin lo presenta... entre otras cosas, para revolución mexicana, porque ya habíamos vivido la parodia del género mismo con Ibarguengoitia en Los relámpagos de agosto y su paroxismo lingüistico en La muerte de Artemio Cruz de Fuentes, entonces particularmente en la historia de México, reescribir la revolución mexicana también plantea un subcanon de la novela mexicana y sería absurdo desde el lado de la falsedad de la fórmula literaria.