A veces una se entusiasma demasiado, y, como decían las monjas, después llegan las decepciones. Y esto es lo que me ha ocurrido con el libro anterior. Al llegar a la mitad, tirada en el sofá, no podía controlar la huída de mis ojos hacia una lectura nueva, más entretenida, más eficaz. Porque hay tantos libros apetecibles y una sola a leer... y porque de pronto, el único personaje que me interesaba, y no diré cuál para no desvelar nada a quien pase por aquí y quiera leerlo, desaparece. Y aunque hay párrafos fantásticos y el texto está lleno de buenas ideas que se quedan en intenciones nada más, he optado por terminarlo a toda prisa, saltando párrafos y algunas páginas, para terminar en esta preciosa edición que me han enviado los de Siruela. Son cuentos sobre el fascinante tema de tener un doble, escritos por autores tan distintos como E.T.A. Hoffman, Nathaniel Hawthorne, Henry James, Stevenson, César Vallejo H.G.Wells, del que, por cierto, me leí hace poco esta recopilación de relatos increíbles (foto), también en una preciosa edición.

Vuelvo a insistir en el tema del libro anterior, Otra noche de mierda en esta puta ciudad, porque recuerdo que hubo una serie de párrafos que me gustaron mucho, en los que se describía a los huéspedes de la residencia para indigentes, para poner al lector en situación. Así que quiero comprobar si es que de verdad son buenos esos párrafos, o es que sólo me dio el subidón porque estaba fumada.

Transcribo:

“Casi todos han combatido en una u otra guerra – Vietnam, sobre todo-, en algunos casos es cierto pero los había que sólo lo creen. Muchos han estado casados, otros han estado en la cárcel. Uno habla por un agujero que tiene en la garganta. Algunos son ciegos, hay muchos que están sordos por completo o les falta poco. Los heroinómanos tienen los brazos llenos de llagas incurables. Deben tratárselas diariamente con una mecha de algodón, para drenar el pus, pero la mayoría de las veces se les olvida hacerlo. Los epilépticos han de recibir su medicación o tienen ataques; si beben después de tomar los medicamentos, los accesos son aún peores. Hay huéspedes que entran por la puerta cojeando y con bastón, con andador, con muletas, en silla de ruedas, caminando penosamente. Algunos no entran solos, los llevan a cuestas dos amigos, con los pies a rastras. Otro tiene un ojo de cristal que va dejando olvidado por todas partes. Y otro tiene un tatuaje dentro del labio inferior: MIERDA. Unos cuantos llevan lágrimas tatuadas en las mejillas, lo que significa que han matado a alguien. Otros tienen cicatrices desde la comisura de la boca hasta las orejas, lo que indica que son soplones. En muchas manos faltan dedos, o la mitad de los dedos, arrancados por maquinaria pesada o cercenados por navajas. Hay orejas sin lóbulo, roído por las ratas. A un tío le prendieron fuego; ahora las cicatrices parecen llamas alzándose en su cuello. Entre los más viejos hay unos cuantos herniados; el estómago se les ha derrumbado sobre los testículos, que ahora les cuelgan enormemente entre las piernas. Kenny tiene la misma tos desde hace cinco años, de manera que no puede dormir arriba. (...)”

Después hay una frase que me encanta, una escena que me parece gloriosa. El narrador, Nick Flynn (sí, ese es el nombre del autor) cuenta que tiene una abuela que es un desastre, todo el día bebiendo:

“Mi hermano recuerda que unas navidades, época especialmente melancólica para ella, le puso las manos en torno al cuello y murmuró: Angelito mío, qué fácil sería matarte.“

¿No es ideal?